El regreso a las montañas

Estoy sentado en la hierba junto a un precioso lago en el más absoluto de los silencios. Toda la multitud se ha ido en el último tren y el valle se ha quedado en calma. Una calma similar a la que hay después de una tormenta. El sonido de las campanas del santuario irrumpe en este paradisiaco ambiente. Algunas parejas y familias disfrutan repartidos por la pradera. La sensación de paz es increíble.

El sol de la tarde está a punto de caer tras la montaña, aunque todavía tiene fuerza suficiente como para hacerse notar en el rostro, como si se resistiera a dejar paso a la noche. La gélida noche. Una brisa helada empieza a descender desde las cumbres más altas del pirineo, todavía manchadas de blanco.

Unos niños juegan en la lejanía, y rompen con sus gritos la inmensa calma. Da igual, son niños, y jugar es lo que tienen que hacer. Siento nostalgia de los tiempos de acampadas, con aquella marabunta correteando y jugando con cualquier cosa y en cualquier parte. Mientras, nosotros procurábamos que los daños fueran los mínimos y que sus padres los pudieran recoger a la vuelta sanos y salvos, con mil historias que contar.

 

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